Historia encontrada en la red que me ha parecido interesante

 Es una historia, no se si real o falsa, que no comparto al 100% pero que me ha parecido interesante.

 


 Mi vecino, Carlos (51 años) vive solo desde hace 12 años. Ayer le pregunté por qué no busca una mujer. Me dio 6 razones… y entendí que en sus palabras hay lógica.

 

Ayer pasé por el piso de mi vecino para pedirle un taladro.

Carlos abrió la puerta con pantalones de casa y una camiseta sencilla.

- Pasa - dijo - Justo acabo de cenar.

Entré. El apartamento estaba limpio y ordenado, y desde la cocina llegaba el olor de pollo frito con especias. En la mesa había un portátil y, al lado, una copa de vino tinto.

Carlos tiene cincuenta y un años.

Se divorció hace doce años. Desde entonces vive solo.

Trabaja como ingeniero y gana alrededor de cuatro mil euros al mes.

Nos conocemos desde hace unos cinco años, desde que me mudé a este edificio. Y en todo ese tiempo nunca he visto a ninguna mujer en su casa. Ni pareja estable ni siquiera visitas.

Me dio el taladro y luego sacó una botella de whisky.

- Ya que estás aquí, siéntate. Hace tiempo que no hablamos con calma.

Nos sentamos en la cocina y nos servimos un vaso.

Después de un rato le pregunté:

- Carlos, ¿por qué vives solo? ¿No quieres encontrar a alguien?

Sonrió ligeramente.

- No estoy buscando a nadie en particular. Sabes, Javier, durante estos doce años viviendo solo he entendido muchas cosas. Y he llegado a la conclusión de que así vivo más tranquilo.

- ¿Por qué?

Sirvió un poco más de whisky y se recostó en la silla.

- Puedo darte seis razones. No son teorías, son cosas que he vivido en carne propia.

Primera razón: - los riesgos económicos del divorcio

Carlos empezó a contar.

- Me divorcié hace doce años. Con mi exesposa, Laura, estuve casado dieciocho años. Tenemos una hija; ahora tiene veintiocho y vive por su cuenta.

Bebió un sorbo.

- Nos separamos porque me fue infiel. Descubrí que tenía una relación con un compañero de trabajo. Después de eso pedí el divorcio.

- ¿Y qué pasó después?

- El juez decidió dividir los bienes a partes iguales. Tuvimos que vender el piso y repartir el dinero. Aunque la mayor parte de la hipoteca la había pagado yo.

Me miró.

- En la práctica perdí la mitad de lo que había construido durante años. Incluso cuando la razón del divorcio fue su infidelidad. Legalmente todo era completamente normal.

Hizo una pausa.

- Imagínate: trabajas, pagas la hipoteca, construyes un hogar. Y un día descubres que tu mujer te engaña. Os divorciáis… y ella se queda con la mitad de todo.

- Así funciona la ley…

- Exactamente. Y entonces me pregunto: ¿para qué volver a correr ese riesgo?

Continuó:

- Supongamos que conozco a una mujer. Empezamos a vivir juntos, luego nos casamos. Compramos un coche, muebles, quizá otra vivienda. Y dentro de unos años decide irse. Y otra vez hay que dividirlo todo.

Se encogió de hombros.

- Ya pasé por eso una vez. No necesito repetirlo.

Segunda razón: - Los sueños de los hombres rara vez se apoyan.

Carlos se sirvió agua.

- Ahora tengo un pequeño sueño. Quiero comprar una moto antigua. Una BMW de los años setenta. Restaurarla yo mismo.

- Suena genial.

- Sí. Llevo un año ahorrando. Creo que en unos seis meses podré permitírmelo.

Bebió un poco de agua.

- Cuando estaba casado también tenía sueños.

Sonrió con cierta ironía.

- Una vez quise aprender a tocar la guitarra. Compré una guitarra y me apunté a clases por la tarde. Laura me dijo entonces:

«¿Para qué necesitas eso? Tienes cuarenta años. ¿Vas a convertirte en una estrella de rock?»

Al final lo dejé.

- Otra vez quería ir con unos amigos a hacer kayak durante una semana en Noruega. Ella dijo:

«Tenemos una hipoteca y tú quieres jugar a las aventuras».

Así que también renuncié.

Miró por la ventana.

- Con el tiempo entiendes algo: muchas mujeres ven los sueños de los hombres como tonterías.

Sonrió.

- Ahora vivo solo. Si quiero comprar una moto vieja y pasar los fines de semana en el garaje, simplemente lo hago. Nadie me dice que es una pérdida de tiempo.

Tercera razón: - Expectativas demasiado altas en las apps de citas

Carlos continuó

- Hace unos años probé las aplicaciones de citas. Solo por curiosidad.

- ¿Y cómo fue?

Sonrió con ironía.

- Hablé con varias mujeres. Una de ellas, Marta, tenía cuarenta y seis años y trabajaba como recepcionista en un salón de belleza.

Hizo una pausa.

- Me escribió:

«Pareces un hombre interesante, pero busco a alguien que gane al menos seis o siete mil euros al mes».

- Le pregunté:

- «¿Y tú cuánto ganas?»

Respondió:

-    - «Unos dos mil».

Y ahí terminó la conversación.

Carlos se río.

- Javier, he notado algo curioso. Muchas mujeres hoy se consideran un premio extraordinario.

Continuó.

- Pueden vivir de alquiler y tener un sueldo normal. Pero buscan a un hombre con ingresos altos, vivienda propia, buen coche y estabilidad financiera total.

- ¿Y qué ofrecen ellas?

Sonrió.

- Normalmente dicen cosas como «feminidad», «inspiración» o «energía femenina».

Me miró.

- Yo gano unos cuatro mil euros al mes. Tengo mi propio piso y un coche. Pero para algunas mujeres eso sigue sin ser suficiente.

Se encogió de hombros.

- Si alguien desde el principio te mira por encima del hombro, ¿para qué perder el tiempo?

Cuarta razón: - Independencia en la vida cotidiana

Le pregunté:

- Pero ¿no echas de menos el ambiente de hogar? ¿Las cenas juntos, el cuidado, la vida en pareja?

Carlos sonrió.

- ¿Y quién dijo que un hombre solo no puede tener su propio hogar cómodo?

Señaló la cocina.

- Cocino yo mismo. Limpio yo mismo. La lavadora, el lavavajillas y el robot aspirador hacen la mitad del trabajo.

Continuó:

- Cuando estaba casado discutíamos constantemente por cosas pequeñas. Quién saca la basura. Quién cocina. Por qué hay cosas fuera de su sitio.

Se encogió de hombros.

- Ahora mi casa está en orden. Porque todo depende de mí.

Quinta razón: - El valor del espacio personal

Carlos se sirvió un poco más de whisky.

- Hay otra cosa: la libertad personal.

Dijo con calma.

- Si quiero, puedo trabajar hasta tarde. Puedo irme un fin de semana a la montaña, o pasar todo el día leyendo o viendo películas.

Sonrió.

- Y no tengo que dar explicaciones a nadie.

Añadió:

- Cuando llevas mucho tiempo viviendo solo, empiezas a valorar de verdad la tranquilidad y tu propio espacio.

Sexta razón: - La tranquilidad vale más que las ilusiones.

Carlos terminó su whisky.

- Lo más importante que he entendido en estos años es esto: las relaciones no siempre hacen la vida mejor.

Dijo con calma.

- A veces solo la complican.

Me miró.

- Si algún día conozco a una mujer con la que todo sea fácil, tranquilo e interesante, no estoy en contra de una relación.

Nos quedamos sentados un rato más en silencio. En la cocina se escuchaba únicamente el tic-tac del reloj de la pared, y de vez en cuando el ruido lejano de algún coche pasando por la calle. Carlos giraba lentamente su vaso en la mano, y yo pensaba en todo lo que había dicho.

No parecía un hombre amargado ni decepcionado de la vida. Al contrario, hablaba con calma, sin rencor. Más bien como alguien que simplemente había sacado sus propias conclusiones.

Después de unos minutos le pregunté:

- ¿Y nunca te sientes solo?

Carlos sonrió ligeramente.

- Javier, la gente suele confundir dos cosas distintas: la soledad y la tranquilidad.

Tomó un pequeño sorbo de whisky.

- La soledad es cuando sientes que no tienes a nadie. La tranquilidad es cuando estás bien contigo mismo.

Giró el vaso lentamente.

- Yo no estoy solo. Tengo amigos, compañeros de trabajo. Tengo a mi hija. Hablamos por teléfono a menudo, a veces viene a visitarme. En Navidad o en otras fiestas siempre intentamos pasar tiempo juntos.

Miró hacia la ventana.

- Pero cuando llego a casa… me gusta que haya silencio.

Asentí. En cierto modo entendía lo que quería decir.

- ¿Y si algún día conoces a una mujer que piense como tú?

Carlos se encogió de hombros.

- Entonces sería diferente. Yo no estoy en contra de las relaciones. El problema aparece cuando la gente entra en una relación solo porque cree que es lo que debe hacer.

Sonrió levemente.

- Hoy en día hay mucha presión social. Si tienes más de cuarenta años y no estás casado, enseguida empiezan las preguntas: “¿Por qué estás solo?”, “¿No quieres formar una familia?”, “¿No te da miedo envejecer solo?

Levantó las cejas.

- Pero casi nadie pregunta algo más importante: “¿Eres feliz?”

 Nos quedamos callados unos segundos.

- Entonces, para ti la felicidad es libertad -- dije.

Carlos negó con la cabeza despacio.

- No solo libertad. Más bien equilibrio.

Dejó el vaso sobre la mesa.

- Por ejemplo, un día normal para mí es bastante simple. Me levanto, preparo café. A veces salgo a correr al parque. Luego voy al trabajo o trabajo desde casa.

Sonrió.

- Por la tarde cocino algo sencillo. A veces viene un amigo, nos sentamos a hablar y tomamos una copa de vino. Otras veces leo un libro o veo una película.

Me miró.

- No suena como una mala vida, ¿verdad?

- No, la verdad es que no.

Carlos soltó una pequeña risa.

- Exacto. Mucha gente piensa que, si alguien vive solo, entonces necesariamente es infeliz.

Hizo una pausa.

- Pero a veces ocurre justo lo contrario.

Terminamos el whisky y me levanté de la mesa.

- Gracias por la conversación… y por el taladro - le dije.

Carlos asintió.

- Cuando quieras. Ya sabes dónde vivo. Si alguna vez quieres pasar a charlar o tomar algo, aquí estoy.

Nos dimos la mano y salí al pasillo.

Mientras bajaba lentamente las escaleras, seguía pensando en lo que había escuchado. No porque estuviera completamente de acuerdo con todo lo que dijo. Cada persona tiene su propio camino.

Pero había algo que estaba claro.

Carlos no parecía un hombre que hubiera perdido algo en la vida.

Más bien parecía alguien que había decidido conscientemente cómo quería vivir.

Y quizá ahí estaba la idea más importante.

No que las relaciones sean malas.

Sino que deberían nacer del deseo verdadero de estar con alguien, y no del miedo a estar solo.

Cuando llegué a la puerta de mi apartamento me quedé unos segundos quieto.

Porque por primera vez pensé en algo muy simple.

A veces las personas no están solas porque no hayan encontrado a nadie.

A veces están solas porque, por fin, han encontrado la paz.

Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Poemas a Lara (Doctor Zhivago), Lara siempre Lara...

El Orden de Importancia en el Ser Humano: Una Perspectiva en Capas

Ataque de EUA a Venezuela y captura del Presidente Nicolas Maduro y esposa