Historia del ingeniero y la prostituta

 

 Una historia que he encontrado por internet, simplemente me ha gustado y he decidido compartirla... os la dejo a continuación a ver si tambien os gusta.

 


La mujer se colocó la ropa interior, que había lanzado lejos, y terminó de vestirse y acomodarse el pelo.

Se acercó al hombre, cuyo miembro comenzaba a encogerse, y pidió su dinero. Él se levantó de la cama, transpirado, metió la mano en el bolsillo de su pantalón, y le dio exactamente la cantidad de billetes que eran.

- ¿Lo disfrutaste? -le preguntó la mujer, encendiendo un cigarrillo, que sacó de su pequeña cartera.

- Sí, la verdad que sí... pero me siento vacío.

- Claro que sí, te vacié por completo -respondió ella, para luego reír.

Él sonrió.

-Coges muy bien, pero extraño estar enamorado, y extraño ser correspondido. Hace mucho no siento interés en las mujeres con quienes intento algo. Siento que salen conmigo como si cumplieran con una obligación, como si tener citas fuera parte de su cotidianidad. ¿Qué hay que hacer para ser valorado como persona? Si les hablo de lo que me gusta, las siento incómodas, aburridas, si las dejo hablar, se quejan de sus ex, o me enumeran lo que esperan de una nueva relación, como si se tratara del listado de las compras... Pero, aunque hablemos, aunque no nos gane el silencio, siempre hay como un muro, las siento distantes. Y eso me frustra, porque me hace sentir un inútil, un desgraciado.

- Mírame a mí, campeón. Mi última relación seria fue hace ocho años. Son pocos los hombres que me tratan como una persona, y no lo veo mal, porque es cierto que me ofrezco como una mercancía, pero a veces me hace tanta falta un abrazo, un gesto de ternura. Pero bueno, no voy a ponerme a ventilar mis problemas...

- Te pago -contestó él, sacando más billetes; eran los necesarios para cubrir dos horas de su tiempo.

La mujer los tomó y guardó.

- Dime de lo que quieres hablar -se sentó en la punta de la cama y se cruzó de piernas.

- ¿Qué opinas de mí? Es la segunda vez que recurro a tus servicios, ¿qué has podido intuir o qué idea te has formado de quién soy?

- Pareces un hombre serio, inteligente, pero no tienes aspecto de ser empresario ni nada de eso. Por tu forma de vestir, tal vez te ganes la vida estando en una oficina. Eres elegante, pero no ostentoso, y tus zapatos están un poco desgastados; así que los debes usar a menudo.

Tus ojos son un tema aparte... A veces, cuando me penetras, siento que te contienes para no llorar, y eso me genera cierta tristeza. Y cuando estoy encima tuyo, cuando me acaricias y me corres el cabello de los ojos, siento que te preocupas por mi comodidad. Nunca lo dijiste, pero siento que es como un: ¿estás bien?

- Soy ingeniero informático, me gusta tratar de mantener una imagen de pulcritud, me corto el pelo cada dos semanas, y la barba a diario. Tengo tres pares de zapatos, pero uno se lo regalé a mi ahijado, que calza igual. Estoy ahorrando, porque mi sueño es conocer Italia, y aunque no lo creas, sí, cada gesto que tengo es un ¿estás bien?... Mi mamá me enseñó que tengo que cuidar a cada mujer que se entrega a mí, siempre me repetía "hijo, si una mujer confía en ti, debes ser merecedor de esa confianza; no me decepciones".

- Suena a que alguna se habrá aprovechado de ti -río la mujer-. Hay algunas que cuando les das la mano te toman del codo...

-No -respondió él, ahora sí, comenzándose a vestir-. Todas las mujeres con quienes estuve, fueron buenas. Pero, fueron relaciones cortas. Tal vez por eso ni llegaron a desilusionarme, quizá nunca me enamoré en serio. Siempre pensé que debería llegar al año, para recién convivir, así que, nunca conviví con ninguna -río.

- Escucho tu risa, y ni siquiera parece que te estuvieras divirtiendo; es una risa triste.

- Es una risa de "qué le vamos a hacer". ¿No quieres ducharte? -ahora es el turno de él, de acomodarse el pelo.

La mujer dirige la vista hacia la ducha.

- La verdad, es que me caería bien.

- Ve, que luego me ducho yo.

- ¿Y por qué no ducharnos juntos? -le dice-. Podría enjabonarte la espalda.

Él sonríe y asiente.

- Es verdad, pero me parece medio chico el espacio.

Ella se levanta y va para medir visualmente el tamaño, para ver si caben los dos.

- Entramos perfectamente -le grita-. Y la alfombrita nos va a ayudar a no matarnos.

Él va en dirección a la ducha y dice que está de acuerdo.

- ¿De aquí a dónde prefieres ir? ¿A comer o al cine?

La mujer se queda pensativa.

- ¿No podemos ir a tu casa? Yo sé cocinar.

Él se queda inmovilizado por un momento.

- Es broma, llévame donde quieras, hoy te dejo ser mi galán.

Ella se desviste, e ingresa a la ducha. El agua empieza a caer, abundante.

Él sonríe, y piensa en el dinero que puede gastar, no quiere despilfarrar, pero tampoco quiere desaprovechar la oportunidad de divertirse. Deja la ropa a mano, y se mete con ella.

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(Segunda parte)

- A ti... ¿qué es lo que te llena? -pregunta, mordiendo un trozo de pan, la mesa redonda, cubierta con un mantel bordo, las copas y la botella de vino, esperan por la cena.

Los mozos pasan de un sitio al otro, y hay muchos murmullos. El restaurante está bastante lleno.

- Creo que nada. Sabes, yo nunca tuve grandes aspiraciones, vengo de una familia disfuncional, llena de problemas, y de niña, lo único que me mantenía cuerda era la idea de escaparme de ahí, y hacer lo que quisiera con mi vida.

Una nunca se detiene a pensar mucho en por qué se es de la manera en que se es, pero carajo, qué importante es la infancia, y cómo define lo que seremos...

Él asiente en silencio. Come cuando está nervioso o excitado. La panera ya no le queda pan.

- Por mi parte, mi infancia no fue ni feliz ni triste. Mis padres intentaron darme hermanos, y no pudieron, por eso adoptaron a mi hermano, que es tres años menor. No nos llevamos bien al principio, siempre sentí que competía por el cariño de mis padres, y un día, simplemente, se dio cuenta de que yo podría ser un aliado, y comenzó a tratarme bien.

- ¿No te parece medio idiota llenarte con pan? -pregunta ella, sacando un cigarrillo-. Siempre sentí que el pan es un caza bobos -río.

Él sonríe, sacudiéndose las migas de la ropa.

-Así como me ves, puedo comer un montón sin llenarme. Lo que pasa es que vivo estresado, y en casa tengo un saco de box. Golpear me hace tanto bien, siento que me relajo. Descargo toda mi bronca, todas mis frustraciones, violentamente, como se debe.

Ella le mira disimuladamente los nudillos. Apenas si se le notan unos raspones.

- Yo descargo mi bronca cogiendo, o gritando. A veces me gustaría tener un bosquecito cerca de mi casa, para pasarme el rato gritando, entre los árboles... -lanza el humo-. He callado mucho tiempo. Ya no más.

Él la mira. La mira como si la viera por primera vez. Sus labios carnosos, sus ojos verdes con un delineado perfecto, sus dientes pequeños y blancos, sus dedos pálidos. Su vestido con transparencias, su cuello delgado.

-A veces tengo miedo -suelta él-. Miedo de despertarme y sentir que he desperdiciado toda mi vida.

Yo nunca grito. Todo lo malo que me pasa, me queda dentro, y le doy demasiadas vueltas.

Ella sonríe y muerde su cigarrillo. No hay cenicero, así que saca su espejito de la cartera, y lo apaga en el metal.

- No existe ser humano en esta tierra, que pueda haber desperdiciado más su vida, que yo. Mis profesores decían que estaba condenada al éxito, que mis calificaciones eran perfectas, que tenía un gran futuro por delante. ¿Tú ves ese gran futuro? Lo único decente que he conseguido, es este cuerpo que no engorda, estos dientes que aguantan tazas y tazas de café, estos pechos que todavía se mantienen firmes, y esta mente que sabe discernir en quién o no confiar, para que sus clientes no la caguen.

Mira, campeón, abandoné una carrera universitaria, sufrí dos abortos espontáneos, perdí al amor de mi vida, me echaron del apartamento que alquilaba, y no me quedó de otra que mantenerme a flote ofreciendo lo que podía... ¿Tú, ¿qué tienes en contra? ¿Qué es tan fuerte para tumbarte, sin que opongas resistencia?

Él tuerce la boca en una mueca. El mozo se acerca con las comidas. Para ella, un plato de ravioles de salmón con salsa rosa. Para él, un bife de chorizo con papas fritas.

El mozo llena las copas. Le agradecen.

-Me quejo mucho para todo lo bueno que tuve, ¿verdad? -le pregunta, buscando sus ojos.

Ella hace un gesto que le da a entender que sí.

-Solo voy a decirte algo, antes de empezar a comer -le echa quesito rallado a sus ravioles-. Todos atravesamos distintas tormentas, y cada uno sale de ahí de una forma diferente. Algunos salimos fuertes, y otros salen mojados y resfriados, hechos mierda. Yo no decidí salir entera, pero todo en mí estaba hecho para no destruirse. La vida me hizo dura, y la idea de que nadie vendría a salvarme, reforzó mi carácter y endureció mi espíritu.

A ti te hacen falta varias tormentas para no caer asustado, con el ruido de los truenos.

¡A comer! -dice entonces y se lleva un raviol a la boca.

-Hace tanto no salgo con alguien que no le saque foto a la comida... -comenta él, riendo.

Ella no responde, está comiendo, y no le gusta hablar con la boca llena.

Él mira su plato y le da dos sorbos al vino, antes de arrancar a cenar.

Con cada masticación, piensa que podría aprender mucho de lo que ella le ha dicho.

 

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(Tercera parte)

Han terminado la cena, y tres botellas de vino. Algunas personas han comenzado a retirarse, y otras han llegado; él observa su billetera.

- ¿Vas a querer postre? -le pregunta.

La sonrisa pícara de ella, lo hace sonrojar, como si antes no hubieran tenido relaciones, en diferentes posiciones.

-Una ensalada de frutas estaría bien. Pero, he visto el precio y me parece exagerado, y el vino me está haciendo efecto. Deja el postre y págame otra hora de sexo. Nos hará bien a la digestión.

Él siente su corazón acelerado y sonríe.

- De acuerdo, pero primero yo quiero comer dos bolas de helado.

Ella ríe.

- ¿Sabes algo?, la bebida me pone elocuente -lo mira divertida y continúa hablando-. Últimamente las personas quieren todo servido en bandeja, no quieren involucrarse emocionalmente, no quieren conocer verdaderamente al otro, pero quieren las ventajas de lo que es un noviazgo. Si la gente pudiera, quisiera consumir o adquirir una relación de pareja, sin todo lo que es la previa.

La gente quiere la comodidad, la complicidad, la confianza, pero no quiere esforzarse ni mostrarse vulnerable. Creo que todos tienen miedo, y que van por la vida tratando de protegerse.

Por eso es difícil coincidir y relacionarse. Todos vienen heridos, cautelosos, desilusionados, tanteando el terreno. Cuando uno se enamora las primeras veces, se tira de bruces, quiere vivirlo todo, experimentarlo todo. Cuando uno ama sin esas heridas profundas que quedan con las primeras rupturas, se entrega locamente, sin recaudos... A lo que voy, es que tú debes poner de ti, para encontrar a la mujer que te soporte durante más de un año. Debes planear la conquista, debes anhelar conectar con quien te atrae.

-Dices demasiadas cosas interesantes y coherentes, como para que sean producto del alcohol -le dice él.

-Yo dije que me pone elocuente, no idiota -le recalca.

Llega el mozo, y él pide el helado y la ensalada de frutas. El mozo se retira.

-Te dije que no quería la ensalada -le dice ella-, es un desperdicio de dinero. Ya bastante te salieron los ravioles.

-Cuando estoy con alguien capaz de dejarme sin palabras y conducirme a la reflexión, lo mínimo que puedo hacer, es darle un gusto.

Ella sonríe.

- ¿A qué parte de Italia te gustaría ir? -le pregunta.

-A todas las que pueda. Mi abuelo era italiano, y me acuerdo de muchas anécdotas suyas. Creo que me va a gustar volver a escuchar ese acento, que yo imitaba de niño.

Me da un poco de miedo sobrevolar el océano, no te lo niego, pero creo que va a valer mucho la pena.

Ella asiente, y acto seguido se levanta.

- Voy al baño un momento.

- Vale, ve que no hay riesgo de que se te derrita la ensalada -ríe.

Los pasos de ella se escuchan a la distancia. Él piensa que deberá comprar preservativos, porque los que tenía, los dejó olvidados en el hotel. Luego se toca el bolsillo del pantalón, y descubre que los tiene ahí.

- Cada día más menso -se dice, bostezando.

El ruido de los utensilios sobre la vajilla, comienza a darle sueño, y piensa que hubiera sido bueno pedirse un café.

Ella regresa a la mesa. Y acto seguido, aparece el mozo.

-Ni que hubiera estado calculado -comenta él.

- Los mozos siempre estamos en el lugar y el momento adecuados -responde el mozo, acomodando las cosas en la mesa redonda-. Que lo disfruten.

Ambos agradecen.

- Tienes cara de cansado -comenta ella, antes de comer.

- Han sido días de mucho trabajo. Por eso contraté tus servicios, para despejarme y distraerme...

- Y para disfrutar, ¿no?

Él le toca la mano, casi sin pensarlo, y la retira enseguida, como avergonzado.

- Para todo. Cuando tienes la cabeza como yo, tan revuelta, solo quieres sentir algo que te aleje de lo que es tu vida. Fuiste mi escape.

Cada uno empieza a comer su postre.

- No quiero volver a ese hotel donde te llevé -le dice-. Vi una o dos cucarachas por el techo. No tengo queja de la cama y la ducha, pero esas cucarachas, bueno, me hacen pensar que debe haber muchas más...

- Podemos ir a tu casa -le responde ella, fijando la vista en su rostro, para notar de cerca su reacción.

- Solo te llevaría a mi casa si te quedaras a dormir.

- ¿Qué clase de regla tonta es esa? -lo cuestiona, mordiendo trocitos de manzana, frutilla, naranja y banana.

- No sé, pero nunca una mujer se fue de madrugada de mi casa. Creo que me daría ansiedad pensar que le pudiera suceder algo de camino a su casa.

Terminan de comer, y él paga la cuenta.

- Con esta comida, te hubieras pagado un lindo tour por Sicilia o Florencia -le dice ella, y él ríe.

- La satisfacción que da poder hablar con alguien, sin tartamudeos, sin tapujos ni complejos, es comparable a vacacionar en Roma.

Él mira su celular.

- Tengo que buscar un hotel bueno, que tenga muchas opiniones a favor... Tenme un poco de paciencia.

-No -le responde ella, en seco.

-Pero las cucarachas...

-Ya lo decidí.

- ¿Qué?

-Vamos a tu casa.

Él sonríe, sorprendido.

- ¿Y me aseguras que no me desvalijarás?

Ella ríe.

- Te aseguro que no me aprovecharé de ti, tendrás tu ano intacto, y tu casa tal cual me la enseñes.

Se estrechan la mano en señal de acuerdo, y se paran, para ir a la calle a tomar un taxi.

 

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Final de la historia del ingeniero y la prostituta.

 

Se bajan del taxi, y él saca su juego de llaves. La noche está fresca, agradable, y las calles están bien iluminadas.

Él la mira de reojo, para ver si de casualidad, no está temblando. Ella aguanta el viento sin inmutarse, como si estuviera acostumbrada.

Él abre las rejas y luego la puerta principal. Enciende las luces, e ingresan; ella se adentra unos pasos más que él y observa todo el panorama, con detenimiento.

- Por lo que veo, eres muy ordenado -comenta.

- No paso mucho tiempo en casa, hago limpieza general los domingos, y todo se mantiene en orden -sonríe-. No tener mascotas ayuda a que todo se quede tal cual lo dejé.

Ella se acerca a él, se escucha el sonido de sus tacones y la reverberación que producen, y lo besa en el cuello, luego en la mejilla, y finalmente en los labios. Se separa lentamente de esa boca entreabierta, y dirige sus ojos a los de él.

- Es la primera vez que me besas... -susurra, y ella le pone un dedo en los labios.

- No quiero que pienses ni sobre pienses nada. Esta noche me quedaré a dormir contigo, pero eso no garantiza nada. No siempre tendrás mis oídos, ni mi cuerpo, ni mis palabras.

Lo cierto es que hoy temprano, me cuestionaba mi vida. De camino al hotel, pensaba qué tanto había fracasado como para tener que acostarme con tipos al que no los quiere ni su sombra.

Recordé mis años de secundaria, mi época universitaria, mis romances fallidos, tantas cosas que me marcaron. Y cuando me hablaste de lo que te pasaba, sentí como si mi existencia hubiera recobrado un poco el sentido.

Le besa nuevamente el cuello, que, a pesar de las horas y la ducha, conserva un ligero olor a perfume, y luego le mordisquea el lóbulo de la oreja.

Él comienza a sentir la palpitación de una erección, entre sus piernas.

- ¿Te parecí interesante? -pregunta, con la voz quebradiza.

-Me pareciste vulnerable. Manipulable. ¿Crees que una mujer como yo, no sabe distinguir a una presa fácil? Otra, en mi lugar, te habría sacado hasta lo que no tienes, fingiendo una empatía de niveles astronómicos... Pero yo actué como un espejo. También me abrí a ti, y te hablé de mis puntos débiles, de mis tropiezos y equivocaciones. Fui sincera. ¿Sabes hace cuánto no era sincera? No me alcanzan los dedos para contar el tiempo...

Él se deja besar. Ella comienza a desvestirlo. Él entonces reacciona, y la ayuda a desnudarse.

- Me gustas -le dice, besándola en los labios-. Prometo no pensar ni sobre pensar nada -le besa las clavículas, el cuello, los pechos. Siente el corazón latiéndole por todas partes, como si se hubiese multiplicado; y no quiere detenerse.

- ¿No piensas llevarme a la cama, campeón? -suelta ella, viendo que solo había sillas, una mesa, un mueble con libros, y el piso sin alfombrar.

Él la alza en brazos, y da un par de pasos, pero se tambalea y comienza a reír.

- Creo que me afectó un poquito el vino.

- Mis compañeras de oficio te hubieran comido crudo -ríe ella-. Un par de whiskies y te hubieran dejado durmiendo como un tronco.

- No me digas eso -responde él, bajándola, al tiempo que la voltea, para ir besándole la espalda. Finalmente se arrodilla, y comienza a besarle las nalgas.

Luego se para, y la levanta en brazos de nuevo, esta vez poniendo de sí para llevarla a la habitación, sin demostrar que está un poquito mareado.

La coloca en la cama, y deja que todo suceda, según lo va sintiendo.

No se pregunta por el mañana, ni por el día siguiente a ese. Solo disfruta de la compañía, del calor que emana su cuerpo y de los besos que le dispensan esos labios gruesos.

 

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Epílogo de la historia del ingeniero y la prostituta

 

La habitación está a oscuras, ella toma su celular, que reposa en la mesita de luz. Todo está tan tranquilo. Lo ve, durmiendo a su lado, y sin proponérselo, sonríe. Piensa en tomarle una foto, pero no lo hace.

La casa es muy bonita, la cama es cómoda, y aunque tiene sueño, quiere grabar en su mente un poco más de todo lo que ve.

Se levanta, y usa las pantuflas que él le dejó; le quedan bastante grandes, pero no le entorpecen la caminata.

Enciende la linterna de su celular y mira los cuadros, sus diplomas, sus libros, los muñecos de colección que están en una vitrina. Mira las fotos que están enmarcadas. Ve una pareja mayor, y piensa que seguramente serán sus padres. Luego ve una foto del que debe ser su hermano adoptado; realmente no se parecen en nada.

Luego mira la computadora de escritorio, el armario (que no abre), y cada pequeña cosita. Hasta el peluchito de oso que sostiene un corazoncito. Se pregunta quién se lo habrá regalado.

Entonces dirige la vista hacia la cama de dos plazas y media, y apaga la linterna. Va a sentarse sobre ese colchón firme y confortable, y se vuelve a acostar.

Acerca su nariz hacia el cabello de él y aspira suavemente. Huele a miel. Le encanta ese aroma.

Ella acomoda la cabeza sobre la almohada y mira el techo. Cuántas veces estuvo en una cama con un hombre, y nunca sintió esta paz. Él no apesta, no la insulta, no la denigra de ninguna manera. No la mira con rabia ni con violencia. No la golpea.

No sabe por qué no habrá tenido suerte con las mujeres, quizás sea exigente, o controlador, o tal vez no tenga paciencia. O puede que simplemente no tenga tiempo para dedicar, y por eso ellas se cansan y alejan.

Ella, por su parte, sabe que no tiene suerte con los hombres por su trabajo. Puede que ya fuera hora de cambiar de rumbo. Su cuerpo y su salud mental estarían agradecidos con esa decisión. Sonríe. Podría ser telefonista, secretaria o vendedora. Un tiempo trabajó en servicio al cliente, y otra vez, como cajera.

Cruza sus dedos sobre su pecho, y sigue pensando. Hay varias cosas en la que es buena, ¿por qué esperó hasta ahora para replantearse la vida que estaba llevando? Mira de reojo al muchacho, propietario. ¿Será propietario o alquilará?

No ronca, ni se mueve, es tan tranquilo para dormir.

Le acaricia la espalda, que tiene un par de lunares y él balbucea.

- Mañana lo entrego -dice, volteando.

Ella sonríe. Cierra los ojos y suspira.

- ¿Valdrá la pena involucrarse con este ingeniero que tiene dos pares de zapatos? -murmura, y se ríe. Intrigada por ese recuerdo, se levanta y enciende nuevamente la linterna. Ve un mueblecito con calzados, y se acerca. Hay tres pares de zapatillas, y unas ojotas. Entonces ve los dos pares de zapatos finos, uno de los cuales ya conocía-. Decía la verdad.

Vuelve a la cama, y apaga la linterna. Sonríe y deja el celular en la mesita de luz. Cierra los ojos, y al poquito tiempo, se queda profundamente dormida.

 

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Cierre de la historia del ingeniero y la prostituta.

 

Él se despertó, luego de haber soñado muchas cosas raras; sentía un poco de dolor de cabeza, así que se levantó, sin abrir los ojos, y se dirigió al baño.

Cuando salió, regresó a la cama y se acostó sobre un brazo. Se paró de inmediato, confundido, y abrió inmensamente los ojos.

- Hey, ten cuidadooo -escuchó.

- Dios -respondió él-, me había olvidado que estabas aquí -río-. Tuve tantos sueños y pesadillas, que no me acordaba -se sentó y le friccionó el brazo-. Perdóname.

- ¡Di que no tenía puesta la cabeza, porque me la hubieras aplastado!

-Cierto... -le termina de friccionar y suspira-. A mí me duele un poco la cabeza, pero si te hubiera aplastado, te hubiera magullado el cerebro con mis pompas.

Ella ríe, y le da un golpe en el hombro.

- ¿Cómo dormiste? -le pregunta mirando el reloj.

-Bien -contesta ella-. Una vez que desperté, me estabas haciendo cucharita, con la pierna sobre la cadera, y me puse a reír. Te empujé, pero no te movías, así que te tuve que hacer cosquillas.

Él ríe, divertido.

-Quizá por eso soñé algo de un pulpo que me agarraba, o que me atoraba en el fondo del mar por unas algas, ya ni me acuerdo. Lo que sí, me dio una desesperación...

La mira detenidamente.

- Te ves hermosa despeinada.

- Yo me veo hermosa en cualquier momento -le responde, sentándose.

- ¿Tienes algún compromiso o quieres desayunar?

-Por la tarde tengo que ir al cementerio. Quiero visitar a mi mamá. Ahora, estoy desocupada para lo que gustes -sonríe.

- ¿No te molesta desayunar en la cama? Es lo que hago los domingos.

-Eso es muy de vago, pero dale.

-Ya te vas adaptando a mí -ríe-. ¿Mate, tecito, café, jugo de naranja, qué quieres?

Ella se queda callada, pensando en lo dicho, y se levanta.

- Mejor desayunemos en la mesa.

-No, acuéstate. Mi casa, mis reglas.

Ella se ríe tan fuerte que él se asusta.

- ¿Qué te pasó? Esta es mi casa, eh, la compré con el sudor de mi frente. Tuve que vender el auto, la computadora, mis discos de colección y hasta la guitarra. Además, compraba y revendía cosas, me privaba de comidas caras, no iba de vacaciones. Qué manera de sufrir para tener esto... -dice bajito.

-Admirable, la verdad -le responde ella-. Mis sacrificios solo me sirvieron para comprar una heladera, un freezer, un microondas, una cama. Y lo más costoso de todo, mi moto.

Lástima que me la robaron.

- ¿Ganas bien con lo que haces? -pregunta él, encendiendo la luz del velador, y haciendo que acomoda los libros de su biblioteca.

-Sí, muy bien. Pero estaba pensando si buscaba otra cosa. Esta es una etapa que ya podría dar por superada.

No te das una idea de las personas con las que tengo que lidiar, y cada vez tengo menos paciencia.

Él "termina" de poner en orden los libros y voltea a mirarla.

- ¿Ya no podré contratarte? -en su voz se percibe cierta tristeza, que se profundiza definitivamente en sus ojos.

-No. Pero podrías invitarme a salir, estoy soltera -sonríe.

-Si quieres un trabajo, te lo puedo conseguir. Tengo muchos conocidos, si tu currículum es más o menos presentable, te juro que te acomodo. Hasta te prometo un buen sueldo, mi recomendación vale, tengo gente que me debe favores.

Ella hace una mueca de incredulidad.

- ¿Seguro? Nunca nadie se interesó tanto en ayudarme...

- Bueno, ya es tiempo -se acerca y para sorpresa de ella, le besa la frente.

- ¿Mate, café, té, qué cosa?

Ella se toca la frente y lo mira. A pesar de la mala iluminación, la nota sonrojada.

- Dale, dime ahora que ya casi son las 9

-No sé, nunca desayuno. Los domingos me suelo despertar a la tarde. Los sábados siempre son de mucho trabajo.

-Bueno... puedo prescindir del desayuno, pero... -su corazón palpita con fuerza y va a acostarse a su lado. Se acerca y la besa. Una, dos, tres veces.

La respiración de ambos comienza a agitarse, y la erección empieza a verse.

- ¿Tienes ganas? -le pregunta él.

Ella sonríe y responde que sí. Entonces, dan rienda suelta a su lujuria…

 

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Pequeña continuación.

 

Mañoso o no, el ingeniero se encargó de cambiar las sábanas y poner a lavar las usadas. Hizo la cama mientras su acompañante se duchaba, y echó un poco de perfume al aire. Cuando ella salió envuelta en una toalla, él se metió, diciéndole que podía andar por donde quisiera. Y que el patio tenía un par de flores que seguramente le iban a encantar.

- No soy mucho de flores -le respondió-, como se me mueren, no suelo prestarles atención. Pero te haré caso; después de vestirme...

Ella se dirigió a la habitación, y de su cartera sacó una diminuta prenda interior, que siempre llevaba por si le era necesaria. Observó la cama recién hecha con las sábanas limpias, olió el aroma a jazmines, y sonrió.

De ahí se fue, buscando el patio. Abrió una puerta, y vio un hermoso espacio, cubierto de hierba. Y luego enfocó su atención en las florcitas, dispersas en macetas, y en la tierra.

- Qué lindo esto... -susurró, mirando el cielo, para luego adentrarse en ese jardín.

Él salió a los pocos minutos, vistiendo un tejano negro, una camiseta azul y unas zapatillas de gamuza, también azul; y la encontró, sentada en la hierva, con el cabello ondulado y húmedo.

- Cuando lo tienes seco no tiene esas onditas -le menciona, acercándose, pero sin intención de sentarse.

- ¿No lo notaste ayer, durante la cena?

- Sí, pero ahora te lo digo -ríe y luego se sujeta la panza-. Me crujen las tripas. Tengo hambre, a estas horas nunca estoy en ayunas.

Ella le pide la mano, y se levanta.

-Vamos a la cocina -le dice, y se van para allá.

Él abre el frigorífico, y mira detenidamente cada rincón.

Ella se sienta en la mesa.

- ¿Qué hay? -le pregunta.

-Me quedaron unas porciones de pizza, pero son de antes de ayer, deben estar duras como suelas de zapato.

-Yo puedo cocinar. ¿Tienes verduras? -se acerca por detrás, y le pide que se mueva. Abre el cajón de las verduras y ve varias cebollas, dos zanahorias, un poco de apio, perejil y un trozo de calabacín. En otra parte encuentra cinco tomates-. Bien, bien. ¿Tienes pasta seca?

- Un paquete de espaguetis, uno de fideos, y otro de caracolas -le dice, mirando su alacena.

- Perfecto -le contesta-. ¿Qué tal unos fideos con salsita?

-Dale, y en el congelador tengo carne picada...

-Bueno, sácala, a ver si se va ablandando mientras corto y voy rehogando las cosas. ¿Como cuántos gramos serían?

- Yo las divido en bolsitas como de 300 gramos.

- Veo que eres muy ordenado en todo.

- Así es la vida de soltero. No me gusta desperdiciar la comida -le responde.

- Yo cocino bastante y congelo porciones -le comenta ella, buscando la tabla para cortar. 

Él va hasta donde está, y se la alcanza.

Se ayudan mutuamente, y en menos de una hora, están almorzando.

- ¿No pones música? -le pregunta ella.

- Soy más de escucharla con auriculares, porque los vecinos son unos insoportables de mierda que se quejan de todo.

Él repite porción, y ella se limpia la boca con una servilleta de papel.

- Qué desgracia esa de tener una casa tan linda y unos vecinos de porquería.

- Así es... -se sirve un poco de gaseosa, porque el vino que tenía guardado lo dejó para ella.

- Invítame -le dice ella, acercándole su copa, y se toma dos vasos-. A veces olvido que con alcohol se tiene que tomar también agua o gaseosa, porque el vino no hidrata bien.

- ¿Te sientes cómoda, aquí, conmigo? -le suelta él, mirándola a los ojos, con la boca manchada de salsa.

- Sí, se siente agradable -le responde-. Pero en una hora ya me voy -levanta su plato y cubiertos, y los lava.

Él termina su comida, y se limpia la boca, pero lo hace mal, así que ella se acerca, y le limpia los restos que no salieron.

- No quiero invadir tu privacidad, pero... ¿Puedo ir contigo? -le pregunta el.

- ¿Quieres acompañarme al cementerio? -ríe, asombrada-. ¿Y eso por qué?

- Porque es nuestro día libre -le dice-. Mañana voy a trabajar durante doce horas.

Ella lo mira. Lo mira como si lo viera por primera vez, sus ojos tiernos, profundos, su espalda ancha, sus brazos gruesos, sus manos delicadas, su actitud de auténtico interés. 

Se estremece.

- ¿No prefieres quedarte a descansar?

- Siempre estoy solo, vivo cansado, pero quiero seguir viéndote y escuchándote.

Ella recoge su plato, y le pregunta qué tal estuvo.

- Demasiado bueno -sonríe el.

- Puedes venir conmigo -le contesta entonces-, aunque no me gusta que nadie me vea lloriquear, te permito acompañarme.

Ella voltea y se va a lavar el plato y los cubiertos. Él se acerca por detrás, la abraza, apoya su cara en su hombro y se pone a llorar.

- ¿Qué pasa? -pregunta ella, sin entender nada.

- Tuviste una vida de mierda... -susurra entrecortadamente-. Si me dejas ayudarte, vas a tener un empleo que te de todo, lo que te mereces, desde una obra social hasta vacaciones.

A ella los ojos se le ponen vidriosos, pero ni una lágrima se le cae. Gira, y lo abraza. Lo abraza fuertemente. Y por primera vez, en mucho tiempo, siente su corazón agradecido y satisfecho.

 

Alma de Fuego:Olivia Ismael



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